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Una corrida desesperada

Actualizado: abr 11


Izquierda, derecha, izquierda, derecha. Los pasos se suceden unos a otros a una velocidad a la que no están acostumbrados. El verde de las zapatillas va formando una estela en el aire, producto de la rapidez de los movimientos. Si apareciera un pozo, una baldosa rota o cualquier objeto inesperado en el camino, es probable que termine en el suelo. Sin embargo, no hay tiempo para pensar en esas cosas.


La velocidad se incrementa a cada paso, aunque en algunos momentos tiene que frenar un poco para no chocar a alguna persona que llega de frente. Lo que no puede evitar es la mirada atónita, un poco preocupada, otro poco molesta, de cada hombre y mujer que pasa a su lado. No hay tiempo, se repite, para detenerse en esos detalles.


Cada tanto mira hacia atrás, para confirmar si aquello por lo que corre sigue allí o no. La velocidad de sus pies se coordina con la de sus labios, que con el poco aire que encuentran hacen nacer la frase de “por favor, por favor”, que a veces no llega a completarse por la necesidad de respirar.


De pronto se frena en seco. Un semáforo. Pensó que podía alcanzarlo, pero no. Cuando llega a la esquina la luz marca rojo y no puede avanzar ante la estampida de autos y motos. Asustada mira hacia atrás. Siente que el corazón se le sale del cuerpo, no solamente por el esfuerzo de correr, sino porque aquello se acerca. Ya está un metro más adelante. Otro. Otro más.


Desesperada, decide que no puede esperar a que el semáforo vuelva a verde y se lanza a la calle. Un muchacho que está pronto a doblar se encuentra con ella de repente, pero logra mover el volante de manera instintiva y seguir su ruta sin que nada ocurra.


Ella zafó del golpe; no así de la orquesta de bocinas y gritos que provoca su acción. Los escucha, pero no puede perder su atención en ello. No hay segundo alguno para frenar ni pensar en algo más que no sea el avance de sus pies.


Izquierda, derecha, izquierda, derecha. Mira una vez más hacia atrás y lo ve ahí. Tan cerca, tan pegado a ella. Por un momento siente que no puede hacer nada. Está a punto de rendirse y dejar que lo que tenga que pasar, pase. No tiene alternativa.


Se va a dejar estar y ser víctima del destino. Sin embargo, sin saber muy bien de dónde saca unas últimas fuerzas que ponen en marcha su cuerpo a una velocidad que nunca pensó que podría alcanzar. Al mirar hacia atrás y verlo casi pisándole los talones, toma una bocanada larga de aire y se lanza a la carrera más desesperada de su vida. Es a todo o nada. Puede fallar y sufrir las consecuencias, pero dejará hasta la última gota de sudor.


“¡¡Sí!!”. No sabe si el grito solamente lo pensó, o también lo exteriorizó. Un joven la mira petrificado así que supone que fue lo segundo. Qué importa, se dice, si pudo lograr el objetivo. Levanta su brazo, sube y, sin voz, trata de mencionar su destino. Le cuesta y sabe que tal vez le lleve tiempo, pero ahora le da igual. Ya está arriba del colectivo, aquel que por un momento parecía que se escapaba.

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