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Una apuesta al destino



Gema (que se pronuncia “yema”) era una mujer particular. Ése no era su verdadero nombre, sino el mote con el que era conocida popularmente. Ya desde pequeña se esmeró por destacar de entre la muchedumbre y distinguirse del común, siendo reconocida en su familia, en la escuela y también en el barrio por llevar la contra en todo, algo que volvía un poco locos a quienes la frecuentaban.


A Gema no le gustaban los juegos tradicionales que caracterizan la infancia de la mayoría de las personas, como tampoco las fiestas de cumpleaños u otras celebraciones. Todo lo asociaba a herramientas “del sistema”, una idea que escuchó de alguien o leyó de otro alguien y que sería el leit motiv de su vida.


Durante su adolescencia se hizo voluntaria de cuantas organizaciones críticas existieran a su alrededor. Al principio era más propensa a unirse a grupos de lucha por el cuidado del medio ambiente y las especies animales en extinción. Pronto se le dio más por vincularse con agrupaciones resistentes al poder imperante, para algunas de las cuales el mismo se manifestaba en lo político y para otras en lo económico. También encontró una lucha que la identificaba con mucha fuerza en el movimiento feminista.


Fue en alguno de estos períodos en el que surgió su apodo Gema, una estrategia que consideraba le permitiría ser identificada más rápidamente, con un concepto corto, simple, intrigante. Nadie supo por qué eligió esas cuatro letras y nadie más conoció, a partir de ese momento, su verdadero nombre.


La chica se vinculaba con candente fervor en los movimientos sociales, pero con la misma rapidez se diluía su motivación. Al principio orgullosa de su papel protagonista, al poco tiempo Gema sentía que estaba haciendo menos de lo que podía y probaba suerte en otro espacio.


Si bien tenía una participación muy activa en cada campaña, y cada vez con mayor relevancia, algo en su interior se sentía vacío. Convivía con la sensación de que apenas se ponía de pie ya chocaba con un techo, a pesar de que ya había ganado una enorme popularidad y a que su nombre, o apodo, era identificado como el de una verdadera líder, de aquellas que se constituyen más en la práctica, en la calle, que en papeles y escritorios. Para ella, no obstante, era insuficiente.


En eso de intentar llenar el vacío interno se encontraba cuando se le vino a la mente LA IDEA. “Así, con mayúscula”, decía desafiante. Se le ocurrió que debía provocar un sismo que despertara hasta al más quedado, una cachetada que hiciera saltar al mundo de su sillón. Pensó en el lugar más opulento, que fuera sinónimo de lucro, despilfarro, indiferencia, desigualdad, poder. Y se propuso vivir allí con lo mínimo y necesario, propugnando otro estilo de ser en pleno epicentro del exceso.


¡Abu Dabi!, escribió en su cuaderno en un principio, anotando a su lado el nombre del país del cual es la capital: Emiratos Árabes Unidos. Pero al final del día temió que menos gente de la que creía conociera ese lugar. Hizo fuerza por pensar en otro con los criterios elegidos, pero más cercano, del que todos seguramente hubieran oído, al que muchos posiblemente aún soñaran con ir.


Finalmente creyó encontrar la respuesta. Borró las palabras Emiratos y Árabes, pero dejó Unidos. A su izquierda agregó Estados. Paso final, estampó el nombre de Las Vegas, redactada con letra firme y opulenta, como la propia ciudad. Por algo llaman “ciudad del pecado”, se convenció.


Nunca se supo si ingresó legalmente al país del norte de América desde su Brasil natal o si engañó de alguna manera al sistema, aquel contra el que tanto tiempo había luchado. Viendo todo lo que ocurrió después, es muy probable esta última opción.


Gema se instaló en Las Vegas, sin hotel ni hospedaje. Solamente disponía de algunas mantas y un parque que encontró entre tanto cemento hizo las veces de hogar: quería vivir de la manera más explícita posible su misión. No pasaron más de dos noches para que “el sistema”, vestido en este caso de funcionarios de seguridad, se encargara de invitarla sin muchas gentilezas a retirarse. A la joven no le quedó más opción que hacer una inversión: alquiló una RV, o casa rodante.


Esta decisión le daba vueltas continuamente en la cabeza. ¿Era inevitable luchar contra el mecanismo consumista y hacer ese gasto que si no fuera por su expedición no hubiera existido? ¿El fin justificaba este medio? Se convenció de que su objetivo era algo más grande, romper con la lógica de una ciudad desenfrenada y que esa decisión era un precio (literalmente un precio) que debía pagar.


Con su casa rodante se estableció en Boulder Beach Campgrounds, un camping en las afueras de Las Vegas. Sin embargo, día por medio se estacionaba en plena ciudad, o mejor dicho en Paradise, municipio vecino que es la verdadera meca del entretenimiento. El Caesars Palace, el MGM Grand, The Mirage, el Bellagio y cuanto hotel y casino de lujo reposara sobre Las Vegas Strip fue testigo alguna noche y otra también del remolque de Gema desafiante frente a sus puertas.


Por supuesto que el revuelo no tardó en encenderse y críticas enfurecidas recorrían las calles junto a la curiosidad. Gema estaba logrando su objetivo de pinchar a una población que parecía autómata y cuantos más repudios y detenciones sufría más fuerte emanaba en su interior el elixir que había ido a buscar. Cambiar la ciudad del entretenimiento y el consumo 24 horas por un lugar en el que el ascetismo y la austeridad fueran una opción se había convertido definitivamente en su cruzada.


Y no estaba sola. El asombro recorrió todo Estados Unidos, y luego el mundo occidental, cuando empezaron a ser cientas y luego miles las personas que se agolpaban en Las Vegas, Paradise y los municipios aledaños en apoyo de Gema y su estilo de vida. “La ciudad del pecado” pasó a ser llamada por esos días “la ciudad del ahorro”, en un giro del destino completamente inesperado.


A pesar de los intentos de hombres y mujeres de negocios y de quienes manejaban los hilos de la política por aquellos lares, la ciudad fue perdiendo atractivo para los amantes del juego y las apuestas, que se mudaron con sus lujos a estados como Utah y Oregón, algo impensado poco tiempo atrás.


Si bien no fue algo repentino sino que se trató de un proceso que ocupó numerosos años, Las Vegas fue quedando desierta. Al menos de billetes, maletines, luces fulgurantes en la noche, carteles de neón disputando el cielo con las nubes. Aquella metrópolis pasó a ser ocupada casi exclusivamente por Gema y su tribu, tal el mote ofensivo con que se los llamaba en los periódicos de tirada masiva. Un distrito donde el consumo en exceso era bien visto, e incluso premiado, se convirtió en uno en el que vivir con lo mínimo se volvió la norma.


No faltaron quienes vieron en aquellos hechos un retorno al pasado, a viejos días de ese lugar en el que no había población estable, ya que ni siquiera el agua llegaba hasta esas tierras. Con el tiempo se creó un canal para trasladar el recurso vital hacia esas latitudes, en las cuales germinó una ciudad que se volvió capital del juego. Ahora, muchos años después, parecía volver a su origen.


Gema estaba gratamente sorprendida. En ningún momento imaginó tal desarrollo de acontecimientos, y sus expectativas habían sido superadas a un nivel infinito. Nunca en su vida se sintió tan relevante, necesaria, definitiva. La mujer, que ya para esa altura había dejado varias páginas del calendario a sus espaldas, creía haber vencido definitivamente al sistema.


Es momento de celebrar”, fue lo último que le escucharon decir quienes rondaban por allí cerca. Inmediatamente se dirigió a un edificio algo descuidado, pero que mantenía el brillo de sus mejores épocas. Era el último en su especie que había quedado. Algunas letras del cartel de la entrada ya se habían borrado con el tiempo, pero sobrevivían la C, la S, la I y la O.


Gema sintió que, tras haber vencido al sistema en uno de sus vientres, tras haberle dado un gran golpe en su corazón, era momento de celebrar. Y fue así como ingresó al que ahora, sin otro que le hiciera competencia, era conocido como “el casino de Las Vegas”. Cuentan los que saben, o que al menos dicen saber, que desde ese momento, hace cerca de 10 años, ya no pudo salir de allí.

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