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Un viaje de ida

Actualizado: 28 de ago de 2020



Es único. Está segura de que no existe otro igual. El paisaje que tiene frente

a sus ojos, puede jurar y recontrajurarlo, no se repite en ningún otro lugar del

mundo. No los visitó todos, claro, ni conoce todos y cada uno de los países. No

sólo conocer de haber puesto un pie, sino ni tan siquiera por fotos tiene una

noción de qué ofrece cada uno de ellos. Es más, está segura de que habrá alguno

que otro que ni sepa que existe. Sin embargo, está convencida: no hay otro

paisaje como ése.


Los colores que se suceden uno tras otro en la montaña que se levanta frente a ella son un espectáculo irrepetible. Parecen pintados a mano. “Los pintó Dios”, le diría su compañero creyente, sin dar mayores explicaciones de cómo lo hizo. No es su caso. Ella no cree en ninguna divinidad, ni le importa perder tiempo en ese tema. Lo que le importa, y siempre lo hizo, es disfrutar de todo lo que le regalan sus sentidos. Lo importante es lo que existe, qué importa cómo apareció, quién lo creó.


Cuando se da cuenta de que se distrajo con eso, se molesta consigo mismo. También con su compañero. Qué tiene que estar en su cabeza arruinándole ese momento de paz y libertad. Vuelve a concentrarse en lo que tiene enfrente y rápidamente todo su ser vuelve a ser dominado por esa magia. Las montañas manchadas de múltiples colores son lo único que existe a su alrededor.


Escucha un ruido. Algo que va apurado, como corriendo, repiqueteando. Mira hacia abajo y recuerda que no solamente los montes están allí con ella. También está el río, claro. El mismo que en ese punto donde está parada no es más que un arroyo, que sin pedir permiso recorre un largo trayecto dibujando curvas hacia un lado y hacia el otro, como si quisiera abrirse paso hacia un costado y luego se arrepintiera y cambiara el rumbo. En algunos puntos, además, pequeñas caídas del terreno dan lugar a unas cascaditas, en una de las cuales sus pies descansan y son acariciados.


Decide sentarse frente al arroyo, manteniendo los pies dentro de él, mientras mira apenas a su lado. El mate, claro, infaltable. No sería lo mismo ese paisaje ni ese momento sin el ritual de volcar el agua sobre ese recipiente de madera y dar sorbos continuos a la bombilla. El agua la atraviesa desde el mate hasta su boca, invitando al agua a correr por su garganta tal como el arroyo corre por sus pies.


“No puedo pedir más”, piensa, mientras apoya el mate nuevamente en la tierra y mira hacia el cielo. Está sola, y eso le da una tranquilidad que sabe que extrañará cuando vuelva a la oficina. El ruido de la impresora, los cuchicheos constantes, las hojas que se caen, los dedos brutos y acelerados de sus compañeros golpeando sobre los teclados, las bromas machistas del jefe que ya a nadie hacen gracia pero que aquel chupamedias de Pereyra aplaude exageradamente. Qué suerte tiene de no estar ahora entre ese ruido mundano.


Otra vez se da cuenta de que está pensando en la oficina y se reta. Mueve la cabeza de un lado a otro para sacarse la imagen de la cabeza y volver a concentrarse en ese paraíso. Porque eso es lo que es. Ella no cree en el Paraíso en realidad, claro, pero ante la magia que siente a su alrededor empieza a dudar.

Esa tranquilidad, ese silencio, ese sonido de la naturaleza. Sí, definitivamente: el

Paraíso existe y ahora está en él.


Se ceba el último mate y el termo vacío le dice que tiene que seguir viaje. Seguramente vaya a visitar algún museo, piensa, para luego volver al hostel a cenar. Está lista para arrancar. Pero antes, mejor, los últimos dos minutos de relajación. Con los pies aún bañados por el arroyo, acuesta el resto de su cuerpo

sobre la tierra. Mira unos segundos al cielo (por suerte el sol ya está bastante bajo) y cierra los ojos. Apaga todo su cuerpo y se pierde con el sonido del río que

está a su lado…


“Érica, Érica, ¿qué estás haciendo? Te estamos esperando”. Abre los ojos y se encuentra a su jefe frente a ella, con una cara que mezcla sorpresa, enojo y nerviosismo. Observa a su alrededor y ve a todos sus colegas mirándola, como si

el mundo hubiera dejado de existir. De repente se da cuenta de que las montañas trazadas con colores se transformaron en carpetas: la roja es de Administración, la verde de Contable, la azul de Legal… ¿Y el arroyo? Mira sus pies y no puede entender cómo llegó hasta ellos el vaso que yace roto, cuya agua le mojó completos los zapatos. No sabe si sentirse más avergonzada o desilusionada por no estar en el Paraíso, o lo que ella llama tal.


Se pone de pie lentamente y, sin mirar a nadie a los ojos, comienza a caminar. Mira el reloj y confirma que la reunión empezaba 10 minutos atrás. Allí se da cuenta de que está llegando tarde, y deberá inventar una excusa. Sin embargo, sobre todo, se da cuenta de que su cuerpo volvió de ese viaje hace una semana, pero su mente aún sigue allá.

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