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Un mundo educado


Culmina otra ardua jornada laboral y Carol se dirige con prisa a tomarse el bus. Apenas pone un pie en la parada, en la cual únicamente hay un joven de entre 25 y 30 años, divisa un 105 aproximándose desde el horizonte. Está de suerte: casi siempre tiene que esperarlo un largo rato envuelta en frío y soledad. Esta vez, en cambio, pocos minutos después de salir del local ya está en viaje.


Carol es una chica feliz, que a sus 23 años celebra tener trabajo y haber accedido a su primer departamento. Es pequeño, pero le permite contar con un espacio personal. El empleo, por su parte, es una instancia del camino hacia un futuro donde pueda hacer lo que le gusta. El mercado donde atiende le permite acumular ahorros para cuando termine su formación como diseñadora y, además, un solo colectivo la transporta directamente de casa al local.


Es cierto que el viaje es bastante extenso. Ella prefiere verlo como un escape de la rutina y las obligaciones, dedicándose algo más de una hora a la ida y otra a la vuelta a estar sentada y mirar por la ventana, escuchar música o revisar el celular. Hoy, particularmente, se le da por esta última opción.


Abre su cuenta de Twitter y comienza a navegar por aquella red social. Estos últimos días está intentando usarla menos, por considerarlo un espacio algo tóxico, en el cual uno sabe cómo entra pero no cómo sale. Sin embargo, cada vez que entra no puede evitar revisar los comentarios en las publicaciones. Y, esta vez, se lleva una enorme sorpresa.


“No estoy de acuerdo con tu punto, pero me parece fantástico que lo expongas”, “Gracias por esta información, creo que voy a revisar mis ideas”, “¡Qué bueno que hayas votado por el otro partido! Te felicito por tus convicciones”. Carol mira a otros pasajeros buscando complicidad, pero cada uno está en lo suyo: la mayoría duerme. Confiada en que fue un espejismo, vuelve a poner la mirada en la pantalla.


Recorre más publicaciones y sus comentarios: su asombro no cesa de crecer. “Hasta ahora pensaba lo contrario, pero creo que tienes razón”, “Toda mi vida pensé exactamente lo opuesto pero me acabas de convencer”. La joven no da crédito a lo que ve.


Intenta salir un rato de la red social por miedo a que se rompa ese sorpresivo despliegue de respeto y enciende la radio para descansar la vista. Se topa con un partido de fútbol y lo deja: es una buena forma de calmar la ansiedad hasta el otro día en que jugará su querido Nueva Chicago.


El encuentro se desarrolla con normalidad, sin grandes emociones: el 0-0 brilla en el marcador y las ocasiones de gol parecieran ser un milagro. Por eso, en un momento, el relator se autoinvita un descanso y propone escuchar a la hinchada local (en el fútbol argentino el público visitante, todavía, no puede asistir al estadio).


Allí se produce la segunda emoción fuerte del viaje: Carol no puede creer lo que le llega a través de sus oídos. En lugar de amenazas, homofobia, machismo y el repertorio conocido de las tribunas, se entonan estrofas en las que impera el respeto hacia propios y ajenos. “Ojalá que hoy ganeeeemos y, si no se puede, igual los aplaudireeeemos”, “Tenemos que ganaaaar, pero si nos vence el rival lo vamos a felicitaaaar”.


Carol está segura de que escucha mal, no puede ser de otra manera. Sin embargo, por mucho que agudice el oído, las canciones siguen devolviendo rimas perfectas y letras totalmente inocentes. El periodista retoma el relato, como si nada pasara. Y, tal vez, nada esté pasando. Pero Carol está convencida de que eso no es habitual.


Como tampoco lo es lo que ocurre segundos más tarde, momento en que el chofer del bus hace una maniobra arriesgada y queda a centímetros del auto a su izquierda. Además del freno brusco, Carol se prepara para el concierto de insultos y bocinazos entre ambos conductores. Su asombro no puede ser mayor ante el devenir de los eventos. “Te pido disculpas, fue muy torpe de mi parte”, se sincera el chofer del bus, recibiendo respuesta inmediata del hombre en el auto: “No se preocupe hombre, a todos puede pasarnos, lo importante es que estamos bien”.


La chica no está muy segura de lo que ocurre. De repente el mundo se ha vuelto un lugar extremadamente educado, ridículamente tolerante. La joven sonríe y se preocupa al mismo tiempo, preguntándose en qué momento había ocurrido esa transformación, cómo no se había enterado. Mira por la ventana buscando una explicación.


“¡Pero qué hacés, tarado! ¿¡No ves que estoy cruzando!?”. El grito la sobresalta y le hace chocarse la cabeza con el vidrio de la ventanilla. Carol se da cuenta de que estaba dormida. Al lado del bus un hombre le grita a alguien que está en un auto; por lo que entiende ella, éste último quiso avanzar mientras el otro estaba cruzando. “Caminá más rápido, pedazo de animal”. Los gritos se entrecruzan y se pisan unos a otros, mientras ambos van quedando atrás por el avance del bus.


Carol se espanta ante tan patética situación, a la vez que vuelve a reconocer su mundo. Aún medio dormida, toma noción de que está próxima a bajar (gracias a la pelea no se pasó, al menos debe agradecerles eso) y da una última mirada a Twitter para confirmar si los comentarios anteriores habían sido parte del mismo sueño.


Efectivamente así fue, porque ahora se encuentra con los mensajes que está acostumbrada a leer: “Claro, son todos así ustedes, tan atrasados que ni razonan”, “¿Vos cuando naciste te caíste al piso para decir estas estupideces?”, “¿No te basta con ser una gorda horrible que encima tenés que escribir así?”, “Con esa cara de homosexual qué se podía esperar”.


Se levanta del asiento espantada, presiona el timbre y desciende del transporte, el cual la deja a media cuadra de su departamento. Un bostezo le domina la boca antes de llegar y, mientras abre la puerta del edificio, se imagina cómo sería un mundo como el que soñó. “Mucho más sano”, se dice a sí misma. “Aunque, también, un poco aburrido”.

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