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La soledad acecha de noche

Actualizado: abr 11




Oscuro, frío y solitario. Así se muestra el ambiente en el pasaje donde vive Ramón, una especie de oasis de tranquilidad en una metrópolis como Buenos Aires, a la que con acierto han bautizado “la ciudad que nunca duerme”. Como tampoco lo hace él en este momento, mientras contempla la noche desde su casa.


Rodeado por la ventana enorme que ocupa casi toda la pared de la sala de estar, permanece sentado en su sillón, tan gastado por todas las noches en que ha repetido esta misma rutina en la espera de que algo cambie. Se encuentra solo, una noche más, al menos hasta que pueda enamorar a esa mujer. Eso es lo que piensa y lo que desea mientras mira por la ventana.


A pesar de que hace un gran esfuerzo para convencerse de lo contrario, Ramón se siente muy nervioso. Intenta disimularlo, pero el movimiento del café en su taza no le deja más remedio que aceptar que lo que tiembla silenciosamente es su mano, y no el pocillo.


Afuera, el silencio de esa olvidada y desierta calle en la cual vive es interrumpido por el vuelo furioso del viento invernal y el fuerte ladrido ininterrumpido de un perro. Aunque a decir verdad, en el marco de esa fría y ventosa noche, con una luna radiante en el cielo y a juzgar por la prolongada duración de cada ladrido, más parece un lobo que un can.


La luna radiante en el cielo oscuro, el viento indomable, el grito incesante del perro y él en su sillón parecen ser lo único que existe en esta noche invernal. Ramón es consciente de ello y echa una mirada al interior de su casa para contemplar el panorama.


Al girar la cabeza se encuentra con que la televisión está encendida, por lo que se dispone a mover la mesita que le bloquea el paso con el objetivo de acercarse a ella y apagarla. De no hacerlo, se dice, se distraerá y seguirá relegando aquello que tiene que cumplir. Levantarse, apagarla y volver a sentarse, eso es todo. Pero su cuerpo le cambia el orden a las palabras: ¿todo eso es? Cada parte de su ser, material e inmaterial, se pone de acuerdo para declararse en huelga. Los nervios no lo dejan avanzar y Ramón no tiene más opción que volver a apoyar su humanidad en el sillón y seguir mirando por la ventana.


De repente, en la calle desierta divisa una sombra. ¿Será el sueño? "Debe ser un árbol", piensa, pero recuerda que no hay ninguno en ese pequeño pasaje. La sombra va aumentando su tamaño y no deja dudas: es una forma humana. Su mano sigue temblando y los nervios recorren todo su cuerpo. El viento, mientras tanto, golpea con convicción el vidrio. Ramón no logra calmarse y, para peor, el temblor de su mano contagia sin dilación al cuerpo entero.


Sin previo aviso la taza abandona su mano y derrama el líquido sobre el suelo, aunque sin romperse: la alfombra amortigua el golpe. Mira la mancha, que es una mezcla del color del café con el del tapiz, y aumentan sus nervios, por lo que aleja la vista de ese punto. Sus ojos se clavan sobre la ventana y divisa que la sombra está quieta.


Tiene un tamaño bastante grande, o eso pareciera desde el sillón donde se encuentra estático. Y está allí, en su propia ventana, frente a él. Sin embargo no llega a distinguir a ninguna persona. ¿De dónde saldrá la sombra? ¿Y por qué se mueve, o al menos lo hacía hasta hace unos segundos? Ramón sigue muy nervioso y la incomodidad crece a un ritmo frenético. El espectro agiganta su tamaño, mientras el ladrido hace lo propio con su volumen.


“¿Pero qué se piensa ese perro?”, piensa el hombre mientras se imagina poniendo un pie en la calle y corriendo detrás del animal para espantarlo. No le dura mucho el pensamiento: si los nervios no lo dejaron desplazarse hacia el televisor, ni cabría la posibilidad de plantearse salir de la casa. Además sabe que no es el momento más indicado para hacerlo, mientras por su mente pasan en hilera la imagen del viento que recorre el cielo indomable y la sombra, esa sombra desconocida, quién sabe de quién o de qué.


Ramón es consciente de que nada logrará sentado, con la televisión encendida, los ladridos del perro – ¿o aullidos del lobo? – como banda sonora y un espectro detenido en su ventana, por lo cual hace un nuevo intento por levantarse, teniendo éxito en esta ocasión. Preparar otro café es la idea que le surge para salir del letargo. Sabe que sin dicha infusión sería presa fácil del sueño, lo cual, a partir de todo lo que está pasando y pasará esa noche, sin dudas lo lamentaría luego.


Mientras se levanta, ve la taza tirada y decide recogerla y dejarla descansar en la mesita. Sigue caminando, lento, con la atención a flor de piel, concentrado y, como toda la noche, con los nervios dominando su cuerpo. Llega a la cocina y, de memoria, toma otra taza, el tarro de café, el azúcar y las cucharas necesarias para preparar ese amigo infaltable contra el cansancio.


Calienta agua en la única pava que hay en la casa. Una cucharada de café, otra, un par de cucharadas de azúcar, agua hirviendo y a revolver. Hecho el café, es hora de volver al living donde el sillón lo espera para sentarse con tranquilidad. Sin embargo, cuando llega se da cuenta de que también lo aguardan el televisor encendido, los ladridos repetidos, el viento golpeando la ventana, la mancha en la alfombra y, por si fuera poco, la sombra.


Los nervios vuelven a crecer y tiene que apurarse para llegar al sillón antes de que su mano, incontrolable, vuelque otra vez el líquido cerca de donde había sido derramado el anterior. Logra sentarse bruscamente y, una vez en su aposento, se promete a sí mismo calmarse y concentrarse. Pero sucede lo inesperado. Repentinamente, sin dar lugar a prepararse, se corta la luz. Ramón queda en la oscuridad absoluta.


La televisión deja de emitir imágenes. Al mismo tiempo, como por arte de magia, el perro cesa en sus ladridos y el viento se convierte en una brisa apenas perceptible. Afuera, recuerda Ramón, está la sombra. Ya no puede verla, ya no depende de sí mismo, la sombra puede hacer lo que quiera que él no podrá controlarlo. Todo queda a oscuras, en penumbras. Sabe que está solo en la casa.

"¡Ahora sí!", piensa el hombre, que finalmente logra tranquilizarse. Los nervios desaparecen. Se acomoda en el sillón, acerca la mesita y enciende un velón que siempre tuvo allí para aromatizar, pero que ahora le sirve de luz. Comienza a escribir esa carta sin distracciones. La carta para esa mujer que al otro día se va de viaje. Esa noche es su última oportunidad para demostrarle su amor, pero con tanta distracción no podía empezar. ¡Qué nervioso lo tenían esos ladridos y el viento que le robaban los oídos! ¡Y qué molesta la tele y esa sombra que le secuestraban la mirada! Ahora son solo la noche, la soledad y él. Ya no hay nada que lo pueda distraer. Entonces se relaja, respira profundo, toma un sorbo de café y comienza: “Querida Roxana…”.

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