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La muerte mira a los ojos

Actualizado: abr 11




Se miran, los ojos de uno fijos en los del otro. Entre ellos, solamente silencio y el aire que se compone de miedo y odio. Ambos saben por qué están allí, y ambos saben qué va a pasar. La muerte se pasea alrededor de los dos, con la incertidumbre de no saber a quién se llevará primero.


Lorenzo ya no tiene otro objetivo en la vida que la venganza. Desde que Gio, el hombre sentado enfrente suyo con quien mantiene un duelo de miradas penetrante, se llevó a su hija, no le importa nada más que hacerlo pagar. Ella lo era todo para él, era su sueño hecho realidad, su felicidad diaria. Gio le arrebató lo único que lo mantenía con ganas de estar en este mundo.


Es que desde que su esposa había partido, arrastrada por esa maldita enfermedad, la depresión golpeaba todo los días la puerta de su casa. Sin embargo, había una razón por la cual nunca la dejaba entrar en ella, que lograba que la tristeza y la desazón no lo alcanzaran. Esa razón era su pequeña Trini. Y ese monstruo se la había robado.


Continúan mirándose. Las manos de Gio tiemblan a un ritmo constante y sin cesar desde que Lorenzo se sentó frente a él. Una gota de sudor se asoma desde su pelo, recorre lentamente su frente, se desliza sin obstáculos por la mejilla y cae en la camisa. Allí se pierde, o en realidad se transforma en una pequeña mancha negra, y otra gota, similar a aquella, comienza a hacer el mismo camino. Desde el pelo hasta la camisa. Gota a gota, la prenda se fue oscureciendo y ahora da la sensación de que quien la porta acaba de salir de una pileta.


Lorenzo, por su parte, no hace más que mirar los ojos de Gio. Su mano izquierda reposa sobre el muslo del mismo lado, un tanto relajada y otro tanto alerta a cualquier movimiento. La derecha, a su vez, permanece sobre la mesa, temblando levemente mientras sostiene el arma. Un revólver pequeño, pero que en ese cuarto tiene el control de la situación. Como lo tiene él.


Nunca se podrá sacar de la cabeza el horror de encontrar a Trini en el suelo de su habitación, con una mancha de sangre esparciéndose por la almohada con la funda recién lavada. Un grito agudo, cargado de terror y desesperación, lo había despertado. Reconoció al instante la voz de su hija, y creyó que se trataba de una pesadilla. Otra vez, como venía ocurriendo esos últimos días. Lorenzo sabía que no podía culparla, era lógico que de alguna manera expresara el dolor por la pérdida de su madre. “¿Otra pesadilla, Trini?”, le dijo a media voz mientras se acercaba a su cuarto. Nunca se podrá sacar de la cabeza el horror de lo que vio.


Como tampoco podrá olvidarse de aquel rostro. En el momento no lo divisó, ni su atención podía estar en algo que no fuera el cuerpo de su hija que yacía entre sus brazos, sin vida. Sin embargo, ya con la depresión finalmente apoderándose de él, comenzó a brotarle una sensación de rabia que lo llevó a tener un solo objetivo en lo que le quedara de vida: encontrar al asesino, o asesina, y hacerle pagar. Gracias a las cámaras de seguridad de su casa no le fue difícil descubrir su cara. Ese rostro que jamás olvidaría.


Ese rostro que, ahora, le sostiene la mirada. Los ojos de Gio están rojos y humedecidos, no de tristeza sino de cansancio. Una sola promesa se hizo Lorenzo: vengarse. Y una sola le hizo a él: que apenas cerrara los ojos para dormir le quitaría la vida. Como él había hecho con Trini: cuando ella dormía. Ojo por ojo… sueño por sueño. Gio sabe que en el momento en que, como mínimo, cabecee, ya no estará en este mundo. Por eso mantiene sus ojos abiertos, esos ojos que están rojos y húmedos por el cansancio.


La mano derecha de Lorenzo continúa sosteniendo el arma, que apunta directamente a la cara del otro hombre. Luchando para no distraerse, recuerda que no le fue fácil encontrarlo. Su cara la reconoció enseguida desde las cámaras, pero el cabrón se escondió de una forma que se volvió inhallable. Como si no existiera. Pero existía, nomás, y Lorenzo lo sabía. Luego de meses de búsqueda infructuosa lo había encontrado intentando escapar del país. Así cumplió el primer paso: capturarlo. Sólo restaba el último. Y quería hacerlo de la misma manera en que él se lo hiciera a su hija.


Lorenzo se descubre mirando hacia otro lado y con la mano que iba perdiendo altura lentamente. De inmediato vuelve a poner sus ojos contra los de Gio y el arma firme contra su cara. El recuerdo lo ha distraído, y eso es inadmisible. Debe estar alerta, esperando el instante en el que los ojos del otro se venzan y su sueño sea correspondido con el balazo final.


Gio sigue mirando a Lorenzo. No se anima a desviar la cabeza por miedo a la reacción del otro, ni tampoco a bajarla por temor a que entienda que se está durmiendo y tome la decisión final. El ambiente permanece silencioso y con una tensión que provocaría que la más mínima presencia de gas generara una explosión. Sería una locura.


Locura. Como la de ese ser siniestro que tiene frente a sí. Recuerda que intentó comprender por qué razón se había llevado la vida de su pequeña. Fue un rato antes de estar como están ahora: sentados, mirándose, uno con el arma en la mano, el otro con ella apuntando a su rostro. Lorenzo quería una explicación, aunque eso no le devolvería a Trini. Intentó con preguntas, pero no tuvo éxito. Por lo cual recurrió a sus puños. Es por eso que ahora el ojo derecho de Gio, además de estar rojo y húmedo por el sueño, muestra una gran mancha violácea a su alrededor.


Mientras tanto, el reloj de la casa es lo único que se escucha. El sonido continuo y cíclico de sus manecillas indica el paso del tiempo. Ya han estado quince largas horas sin moverse del lugar ni quitarse los ojos de encima. Al lado de ellos, sobre la misma mesa en la que se apoya el brazo de Lorenzo, una foto. Se lo ve a él junto a Trini, ambos sonriendo. La imagen, seguramente, la había tomado su esposa.


Esa foto está ubicada allí desde el día en que se produjo el crimen. Es lo que le recuerda a Lorenzo la única razón que le queda a su vida: vengarse. Y sabe que lo hará de la misma forma en que se han robado a su muchacha. Por eso debe estar dormido Gio, como lo estaba Trini, a pesar de que la ansiedad recorre a cada segundo el cuerpo de Lorenzo.


Luego de dudarlo un rato, se da el permiso de mirar una vez más la foto. Es que el cansancio también lo acecha a él; ya son 16 horas las que marca el reloj. La sonrisa de su hija en la imagen le recuerda por qué está allí y le regala las fuerzas que le empiezan a escasear. El sonido monótono de las manecillas del reloj continúa: tic-tac, tic-tac.


En ningún momento Gio había intentado hacer algo. Sin embargo, de pronto, quiere hablar. Empieza a llorar y a gritar.


- “Perdón, no sabía lo que hacía, nunca me lo voy a perdonar”.


Lorenzo se pone nervioso y no sabe bien cómo reaccionar. Por las dudas, lo hace de la forma más simple y directa.


-“Callate o te mato ya mismo, no quiero escucharte, no quiero nada de vos”.


¿Estará arrepentido en serio? La incertidumbre rodea a Lorenzo. Hasta ese momento no se le había planteado esa cuestión, menos luego de que Gio no dijera nada cuando le propinaba un golpe tras otro. Se había mantenido en silencio, algo que también inquietaba a Lorenzo. Podría cumplir su objetivo de vengarse y deshacerse de ese asesino, pero habría una respuesta que le seguiría siendo esquiva: ¿por qué? ¿Por qué lo hizo? ¿Por qué justo a su hija?


De repente se da cuenta de que se está haciendo muchos interrogantes, de que su cabeza se está dispersando. No puede permitirlo, no otra vez. Mueve la cabeza como si alejara un bicho de ella, acomoda aún más la mano con el arma en un gesto amenazante, y clava sus ojos, como si no lo estuviera haciendo hasta ese momento, en los de Gio.


No ve remordimiento en sus ojos. Tal vez esos gritos eran para llamar la atención y que alguien lo descubriera y lo salvara. ¡Maldito! Ahora el odio es aún más fuerte y la cara de Lorenzo se pone roja. Él sabe que es la sangre cubriéndole el rostro de la bronca. Gio, en cambio, se asombra de lo que ve y se convence de que ese hombre, al igual que él, está loco.


Tic-tac, tic-tac. El reloj es lo único que vive allí, junto a los dos hombres. La diferencia es que el aparatejo seguirá su curso con seguridad, mientras que de los otros dos no hay ninguna certeza. 17, 18, 19. Las horas cada vez pasan más rápido, o así lo sienten los contendientes. Con el cansancio a cuestas, en un marco de tensión en el que casi no se puede respirar, se cumple un día completo.


Lorenzo lamenta que Gio aguante tanto. Es su último día de vida y lo quiere exprimir al máximo, mas no sea ahí sentado, sin poder hacer nada… ni siquiera dormirse. El sueño, claramente, ya se ha apoderado de ambos.


Siguen pasando las horas y nada se modifica en la escena. El cansancio es cada vez mayor en Gio, y Lorenzo está convencido de que pronto ocurrirá el momento tan esperado. Y efectivamente, de repente, ocurre. Los ojos se cierran, la cabeza se afloja y el hombre termina recostado sobre la mesa.


Se lo toma con calma, o lo más cercano a ella posible. Observa detenidamente al dormido. Lo odia, lo detesta. Está desesperado por hacerlo pagar, y a su vez no se anima a apretar el gatillo. Rodea el cuerpo, sin hacer ruido ni tocarlo. No quiere que despierte.


Da una vuelta a la mesa, siempre observando a su oponente. Cuando llega nuevamente a su silla se acomoda en ella y pone el arma en posición. Tan sólo unos centímetros separan a ese ser indeseable de la muerte. Saborea el momento, acaricia el gatillo. Mira la foto: la sonrisa de Trini domina el momento.


Piensa en qué hará después de cumplir la tarea. ¿Se irá a vivir a otro lado? ¿Se escapará y vivirá de incógnito para siempre? ¿Se entregará? Intenta que esos pensamientos no le distraigan la atención para cumplir su objetivo. Luego verá cómo sigue su historia. Deja que el odio que lleva dentro lo domine, lanza una mirada fulminante final al cuerpo dormido del hombre y aprieta el gatillo…


La sangre chorrea por la mesa y se acumula en el suelo. Decide escapar: abre la puerta de un portazo y se lanza a la oscuridad, antes de que alguien se acerque a averiguar qué fue ese ruido. Corre a toda velocidad, asustado y, al mismo tiempo, aliviado de haber cumplido el objetivo.


Lo logró. Gio sabe que Lorenzo ya no lo acechará más y desde ahora podrá vivir tranquilo. Agradece no haber sido él quien se durmiera primero y, con el ojo aún morado por los golpes que recibió del otro, se pierde en la oscuridad para siempre.

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