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Recuerdos en cenizas

Actualizado: abr 11


Las pupilas de sus ojos, además del horror, reflejan el tono anaranjado de las llamas. Habían pasado unos pocos minutos que para Rosario se sintieron como días. Recuerda esa sensación de calor inusual, la nube de humo que se iba formando por debajo de la puerta de su habitación y el fuego de pequeña altura que, a un ritmo veloz, había empezado a expandirse por la sala de estar.


Se había dado cuenta de inmediato de que provenía de la cocina, por lo que allí se dirigió. Estaba preocupada, pero convencida de que actuando con velocidad terminaría ese susto.


Esa confianza se había esfumado en el poco tiempo que tardó en encontrar la cocina consumida por el fuego, que crecía desafiante en el aire prometiendo devorarse todo lo que apareciera en su paso. Rosario no quería ser una de sus presas y sabía que salir de ese lugar era algo urgente.


Rememora que echó una mirada rápida a la casa buscando, en los segundos que le quedaban, elementos que fueran fundamentales y debiera llevarse consigo. En ese momento le desgarraba el corazón ver cómo empezaban a consumirse tantas cosas que la acompañaron todos los días desde que era pequeña y compartía ese hogar con sus padres. No había tenido mucho tiempo para mirar; el fuego le pisaba los talones y la había obligado a correr hacia la puerta.


Mientras cruzaba por ella Rosario lo hacía con la certeza, que le atravesaba el corazón con una pena incontenible, de que sería la última vez. Aquella puerta, que tantas veces la había visto llegar de la escuela, la universidad, los múltiples trabajos, los numerosos bares, ahora se convertía en una salida sin retorno. Sería la última vez que cruzaría bajo ese marco, y ya sin nada de lo que supo tener.


Ahora sigue allí, en la vereda, en el punto exacto en el que quedó cuando abandonó la edificación. Continúa parada, estática, viendo derrumbarse su pasado y sabiendo que su futuro en ese lugar se está consumiendo sin haber siquiera empezado.


Las llamas continúan alimentándose una a otra y ocupando cada rincón de la casa. Rosario mira atónita con los ojos totalmente abiertos, aunque sin mirar. Su mente parece haber quedado adentro o haber escapado lejos del desastre: lo cierto es que no está con ella. Su cuerpo hubiera hecho lo mismo de haber podido, pero sigue allí, mas no sea de forma inútil, inmóvil, sin respuesta.


Vecinos y vecinas se acercan a hablarle o abrazarla. Para Rosario no existen: recibe los abrazos sin sentir sus cuerpos, las palabras que le dicen se pierden en el aire sin llegar jamás a sus oídos. En sus pupilas, todo el tiempo, el naranja de las llamas resplandece.


El fuego genera una pequeña explosión y las llamas se elevan unos metros más, como queriendo acariciar el cielo. La mayoría de los presentes suelta un grito de terror. Algunos adultos se tapan la boca para clausurar cualquier sonido y muchos pequeños se dan vuelta o cierran los ojos. La única que no hace nada de esto es Rosario.


Repentinamente su cuerpo responde. Da un paso hacia adelante con su pierna derecha y lo sigue otro con la izquierda. “¿Qué está haciendo?”, pregunta una joven a su madre con la voz llena de miedo. “Pare, joven”, le grita a Rosario un anciano con un tono entre enojado y asustado. Pero la joven no para y, ante la incrédula mirada de todos, cruza la puerta.


Rosario camina con pasos cortos hacia el interior de la casa y el fuego, ese indomable monstruo que se veía incontrolable, ahora parece respetar su andar y hacerle pasillo para que avance. Llega hasta la sala de estar y se detiene en el centro. Es entonces cuando su mente retorna a ella y la lleva de paseo por su propia historia.


La chica ve pasar ante sí cada momento de su vida desde niña, cada historia en esa casa. Algunas llamas alcanzan sus pies, mientras ella viaja rememorando los juegos de la infancia junto a sus padres, los cumpleaños que siempre celebraba allí, los cuentos que le leían antes de ser derrotada por el sueño.


Frente a ella se dibuja su niñez, la vuelta a casa del colegio para ver televisión, los regresos ya de adolescente cuando se rateaba de la escuela y ese hogar se convertía en el único conocedor de un secreto que guardaba bajo llave. Una lágrima cae por el rostro de Rosario cuando observa el sillón y repasa las escenas de pasión que le regaló junto a tantos novios y novias ocasionales que fueron quedando en el camino.


La memoria ahora le trae retazos de las noches de insomnio en las que preparaba algún examen de la facultad, y de aquellas otras en las que despidió a las dos personas que más amaba. Su padre primero, su madre poco después. En ambos casos este mismo hogar fue testigo de sus partidas y los vio cerrar los ojos por última vez.


Se escuchan gritos desde la calle. La desesperación de los vecinos va in crescendo, mientras el ruido de sirenas indica que los bomberos finalmente están allí. Rosario no oye nada, mientras sigue absorta en sus recuerdos.


El fuego continúa consumiendo todo a su alrededor, y ahora captura a la chica hasta la cintura. Las lágrimas caen con más ímpetu en ambas mejillas cuando se da cuenta de que pasó todos sus años en ese mismo hogar.


Por eso no solamente sabe que esa casa es parte de su vida; esa casa, en definitiva, es su vida. En ese instante comprende que si esa estructura desaparece también Rosario lo hará con ella. Sonríe, y cierra los ojos desbordada de paz.


Dos bomberos cruzan la puerta a toda velocidad, pero ya no hay nada para hacer. El fuego abraza por completo a Rosario y así, envuelta en tantos recuerdos, se hace recuerdo ella también.

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