• Ideas en Tinta

El hombre de la bolsa

Actualizado: abr 11



No quiere salir de su cuarto. Apenas lo escuchó en la puerta salió disparada a su habitación, cerró la puerta de un golpe y se escondió. Ahora sigue allí, debajo de su cama, en completo silencio. Cada tanto escucha que su padre la llama. Incluso ha llegado a sentir golpecitos en la puerta, aunque no está segura de si realmente existieron o el miedo se los inventó.


Debajo de la cama, sin mucho para hacer y temblando de nervios, Camila empieza a recordar las historias que le contó su padre. Cada vez que se mandaba alguna macana se revivía aquella promesa tenebrosa. Cuando no quería comer, las noches en que prefería jugar en lugar de dormir, las tantas ocasiones en que rompía algo involuntariamente: todas eran situaciones ideales para que se repitiera aquella historia.


Se le hace presente la cara enojada de su padre y la frase que se repetía en cada uno de esos momentos: “Camila, hacé lo que te digo o va a venir el hombre de la bolsa”.


Las primeras veces que lo escuchó le causó más gracia que temor. “¿El hombre de la bolsa? ¿Qué es esa tontería?”, se preguntaba para sus adentros. Sin embargo, como las situaciones en que generaba el enojo de su padre se repetían, también lo hacía esa advertencia.


A esto se sumó el día en que decidió sacar el tema en el colegio. Hablaba con sus amigas de los asuntos usuales, hasta que en un momento, casi sin controlarlo, preguntó si alguien más había escuchado del misterioso “hombre de la bolsa”.


Se arrepintió de haber lanzado la inquietud cuando, una a una, las otras chicas asentían y contaban sus propias versiones. Todas lo conocían y todas le temían. Camila sabe que ése fue el momento en que la gracia del personaje desapareció, y todo lo que quedó fue el miedo.


A partir de ese momento le daba terror quedarse sola en la habitación, y rogaba a su padre que dejara la luz encendida. Noche tras noche se repetía esta escena. Algunas veces el padre, tal vez por estar cansado o no querer discutir, se rendía ante el reclamo de la niña.


Sin embargo, la mayoría de las noches el debate terminaba con la advertencia de que llegaría “el hombre de la bolsa” y Camila se acostaba en silencio, prefiriendo el miedo de la luz apagada a tener que ver a ese espectro.


Verlo. ¿Cómo sería? ¿Es realmente un hombre o se le llama así aunque sea una figura monstruosa? ¿Por qué anda con una bolsa siempre en la mano? ¿Y esa bolsa cómo será: similar a la que usa su padre cuando va al supermercado, o una más grande como aquellas que usan en la escuela al jugar a la carrera de embolsados?


Algo que no entiende Camila es por qué siempre escucha la promesa de la llegada de ese ser, pero nunca la ve cumplida. Siempre está el miedo de encontrarse con su pesadilla, y sin embargo jamás se hace presente. Ha llegado a creer que en realidad no existe, que es un invento de su padre para lograr su objetivo de que ella se comporte.


Pero sus amigas también lo conocen, por lo cual debe ser real. ¿Alguna de ellas lo vio? ¿Sabrán cómo es? Le da temor preguntar, por lo cual permanece como una duda sin solución.


O eso creía hasta recién. Ahora está allí, debajo de la cama, llena de miedo, temblando, con las manos tapando sus ojos, que no los piensa abrir ni aunque su vida dependiera de ello. Era mejor, piensa, tener la duda de si el “hombre de la bolsa” existía o no en lugar de confirmar que es real, como le ocurre ahora.


Abajo, en su propia casa, en la cocina en la que siempre toma el desayuno está él. Y lo peor… ¡está con su padre!


¿Por qué su padre, al que tanto ama, se junta con ese ser maligno? ¿Qué están tramando, qué piensan hacer con ella? “Me porté bien estos días, es injusto”, susurra Camila, antes de taparse la boca con todas sus fuerzas. Si la escuchan la pueden descubrir.


Algunas lágrimas vencen la resistencia y empiezan a resbalar por sus mejillas. Camila no ve la hora de que se vaya ese monstruo, aunque no sabe cómo le hablará de ahora en más a su padre sabiendo que se reúne con él. Se da vuelta para quedar acostada con la cara contra el piso y se larga a llorar.


El padre, mientras tanto, sigue conversando con la visita en la sala de estar. Calculadoras, cuadernos, gráficos: la mesa es un desorden, y sus cabezas también. Inversiones, ganancias y pérdidas revolotean por el aire. El padre de Camila ni sospecha que su hija está sufriendo de miedo en su habitación. Desde que le avisó que llegó Carlos no volvió a saber de ella.


O, dicho de otra manera, desde que le dijo que llegó el “hombre de la Bolsa”, como llama en confianza a su amigo que trabaja en el mercado bursátil y lo asesora, café y facturas de por medio, en temas financieros.

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