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Despedida




¿Podría haber sido de otra manera? ¿Existía un camino alternativo? Nina naufragaba las aguas de la incertidumbre, convencida de que estaba tomando la decisión correcta e igual de convencida de que podía esperar. El grado de certeza era idéntico, lo que se alternaban eran los momentos de cada opción. Siempre es difícil soltar.


No era algo reciente ese malestar, esa incomodidad en su discurrir cotidiano. Ya no se llevaban como antaño y la relación se había ido tensando hasta alcanzar un punto de quiebre latente. El final, que parecía anunciado, dilataba su llegada. “La cosa no da para más”, había pensado en muchas ocasiones, pero siempre terminaba sucumbiendo a su encanto y seguían juntos.


Estos últimos días el escenario había cambiado. Nina había alcanzado un grado de saturación y estaba dispuesta a ponerle punto final, sin por ello negar que habían pasado momentos inolvidables. Muchos viajes, muchas noches compartidas, muchos silencios en los que eran dos que se fundían en uno. Nina deseaba que aquellas madrugadas y tardes transitadas a la par no se borraran nunca de su pasado, pero que tampoco se aparecieran en su futuro.


De a ratos la chica sentía algo húmedo sobre sus ojos y su visión se empañaba como si fuera la ventana de un hogar abrazándose al frío intenso del exterior. Los momentos que empezaba a rememorar tomaban la forma de lágrimas que indicaban el ocaso de una relación idílica. Eran incontables los ratos felices que habían compartido, sin dejar de lado que habían tenido algunas caídas. Sobre todo él.


Lo que más le latía en su interior a Nina eran aquellos momentos difíciles en los que el llanto solamente era interrumpido cuando ambos volvían a reencontrarse. En las circunstancias más difíciles él había sido su oasis de calma. En las tantas ocasiones en que no podía formular con palabras los sentires de su corazón, él lograba tranquilizarla sin necesidad de preguntarle la razón de sus lamentos.


Si existía un factor que molestaba a Nina eran decididamente las opiniones externas. Mucha gente que decía quererla, y que seguramente lo hacía, le aconsejaba cerrar aquella historia, ponerle fin a una relación que no tenía esperanzas de futuro. ¡Cómo le molestaban aquellas opiniones sobre su vida! Tal vez por eso es que extendió tanto esta decisión, la cual caía de maduro que debía haber tomado bastante tiempo atrás.


Ahora la felicitarían, le repetirían hasta el cansancio que hizo lo recomendable, que su elección fue la mejor. Y sin embargo nadie sentiría lo que ella, nadie soportaría en su interior el ardor del adiós que le tocaba a Nina. Todos continuarían con sus vidas, aburridas y monótonas. Mientras ella, solamente ella, tendría que andar reconstruyendo pedacito a pedacito su corazón.


Lo estaba pensando mucho, otra vez. De pronto se dio cuenta que las reflexiones no eran más que la postergación de lo inevitable. Ya conocía esa historia: comenzaba a recordar lo feliz que era y a cansarse de las opiniones de los demás, y terminaba el día sin haber dado el paso que debía.


“¿Otra vez, Nina?”, se preguntaba mirándose al espejo. Una gran fuerza en su interior la empujaba a decir que sí, que otra vez, que para qué cambiar, para qué arriesgar. Cerró los ojos para no dejarse engañar. “No, otra vez no”, pronunció finalmente para sus adentros y se dispuso a completar, de una vez por todas, lo que debió hacer mucho antes.


¿Había masticado lo suficiente la elección? Consideraba que sí. ¿Había saboreado hasta el máximo posible las alternativas y el futuro que se abría en su vida? No tenía dudas al respecto. Se cargó de valentía, tomó aire y escupió su decisión. Finalmente Nina, con 3 años de vida ya pronto a volverse 4, decidió dejar el chupete.

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