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Parrillada

Marta mira a su hijo preocupada, disimulando su agotamiento. Ve a Eugenio en el jardín, de pie frente a la parrilla. A veces no está tan segura de que la comprenda ni de que esté comprometido en la búsqueda de Daniel, su hijo mayor.


Le da vergüenza cuando tiene estos pensamientos y se lleva una mano al pecho, lamentando que pueda pensar algo así. ¿Cómo Eugenio no va a estar igual de preocupado que ella por la desaparición de su hermano? ¿Cómo no va a estar haciendo todo lo que está a su alcance para encontrarlo?


La mujer no se permite pensar lo contrario. Sin embargo, de a ratos la atormenta ese presentimiento y, aunque no le guste, lo duda. No así de las aptitudes de Eugenio en la parrilla, viéndolo acomodar la carne como un artista. Le regala una sonrisa forzada y el muchacho le devuelve el gesto.


Cuando él ya no mira Marta borra la sonrisa de su rostro. Últimamente se siente sola. Eran sus hijos quienes la cuidaban siempre, y Eugenio aún la visita cuando sus obligaciones lo dejan. Ella lo necesita, pero no presiona porque sabe que él tiene su vida y que es un muchacho responsable y aplicado. Él siempre está con ella, cuando su vida se lo permite.


Como esta noche, que están a minutos de compartir una cena entre madre e hijo. Es verdad que a ella le cuesta moverse y que hubiera sido mejor que él fuera a su casa, pero esta vez no insistió. Comprende que su hijo vive ocupado y, además, ella no tiene parrilla. Eugenio le había pedido insistentemente hacer carne asada esa noche.


El hombre mira al interior de la casa y ve a su madre absorta en algún pensamiento que desconoce. Lo que piensa Marta es en Daniel, en cuánto lo extraña. Él era quien más la acompañaba y estaba presente.


Desde pequeño Daniel se mostraba con mayor dulzura que su hermano menor. Era más atento, contagiaba alegría, siempre estaba dispuesto a ayudar. Ella intentaba no hacer diferencias, aunque en su interior supiera que Daniel era más cercano, algo que se profundizó cuando ya fueron adultos.


Algunas lágrimas escapan de los ojos de la mujer y se apura a enjugarlas. Siente como una tortura cada día desde que desapareció su hijo, y le pesa tener que buscarlo sola. Con Eugenio, claro. Pasa el tiempo y todavía no tienen noticias de él, aunque ambos lo estén buscando incansablemente.


Un ruido la saca del ensimismamiento y ve a su hijo ingresando al living. Eugenio acomoda la carne junto a la ensalada y la mujer, tras regalarle un aplauso, se levanta para servir jugo. Eugenio le dice que él tomará agua. Ella lo mira sorprendida, dado que es la bebida favorita de ambos. Él le explica que está mal del estómago, pero que no se preocupe. Se sirve jugo ella, pone agua en el vaso del hijo y juntos disfrutan la velada.


La carne lentamente va desapareciendo de los platos, en un ambiente con cierta tensión. Marta come a un ritmo acelerado, en parte por la incomodidad del momento, y también porque siente que la comida está exquisita. Comprueba una vez más que Eugenio es un experto en la parrilla y le sugiere que coordinen otra cena pronto.


Eugenio le promete que así será y sonríe viendo a su madre tranquila. Es consciente de que ella no se encuentra bien emocionalmente y ella, a su vez, entiende que por eso él no le habla de Daniel. De esa forma la cena avanza entre conversaciones banales y cada tanto el muchacho renueva el líquido en el vaso de su madre. Para alegría de Marta, esta noche su hijo está atento.


Cuando ya no soporta ignorar el asunto, la mujer menciona el nombre de Daniel y se dispone a preguntarle a Eugenio si tiene novedades. El muchacho, no obstante, la interrumpe apenas escucha las primeras letras y le dice que ya es tarde, que es conveniente que vuelva a su casa.


La madre se guarda la protesta y acepta, reconociendo su propio deseo de acostarse temprano. Además, su calle le da un poco de miedo a la madrugada. Daniel, en su momento, la acompañaba hasta la puerta.


Eugenio le asegura que él se encargará de lavar todo. Marta agradece y se acomoda para levantarse, pero antes su hijo le sirve otro vaso de jugo. Ella le sintió un gusto raro durante la cena, pero aún así lo bebe, feliz de que el muchacho la cuide.


Lo que no tuvo gusto raro, sino todo lo contrario, fue la carne. Marta se lo hace saber, asegurándole emocionada que fue la mejor que probó en su vida. Acto seguido intenta erguirse pero cae en la silla. Marta no entiende qué sucede, e inmediatamente nota que no puede moverse.


Siente que se ahoga. Intenta gritar pero no le sale ningún sonido. Un poco del líquido es expulsado por la mujer, pero no detiene el sufrimiento.


Eugenio, mientras tanto, la mira estático, disimulando la emoción que le recorre el cuerpo. Le da gracia que a su madre le haya gustado la carne. Acepta que a él también le agradó, pero más aún a quién pertenecía. Aquel ser odioso que siempre tuvo todo lo que él quería, que se llevaba el reconocimiento mientras él estaba a la sombra. Ya no.


Tiene ganas de brincar de felicidad, pero resiste por respeto a Marta. En unos minutos podrá festejar, con la algarabía de que Daniel ya solo existe en su estómago, con el éxtasis de saber que tras años de ser relegado no deberá compartir la herencia. Herencia que está pasando a sus manos en este momento, frente a él, con su madre en el suelo dando sus últimos suspiros.


De pronto se da cuenta de que no planeó qué hacer con el cuerpo de ella. Tras meditarlo unos segundos toma el móvil de la mesa y escribe por Whatsapp a sus amigos: “¡Mañana hago parrillada en casa!”.

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