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11 del 11 del 18

Es 11 del 11 del 18. Miles y millones de personas tienen los dedos desprovistos de sus uñas, carcomidas por unos dientes rabiosos de nerviosismo por la espera de esta fecha. Desde que ambos equipos despacharon a sus rivales en semifinales, los corazones de aquí y allá empezaron a palpitar a otro ritmo. A un ritmo de final con condimentos de sobra: el torneo más importante del deporte más popular de América, entre dos de los clubes más relevantes de la región y siendo ambos equipos rivales de toda la vida.


Es domingo en el barrio de La Boca, el día en que Dios descansó pero no así los jugadores del local y de River, prestos a jugar la final de la Copa Libertadores de América. Es un día único e irrepetible, en el que millones de vidas serán más felices o más tristes según lo que hagan 22 personas dentro de un rectángulo de césped.


Es 11 del 11 del 18. Una fecha especial para Irma, amén de una coincidencia numérica casi perfecta. A todos dice que no cree en astrología, numerología y esas cosas, pero que tampoco uno puede hacerse el distraído así como así. Por eso se lo anotó en el calendario que cuelga en el living de su casa en La Boca, en letra grande para no olvidarse.


Sería mejor si fuera 11 del 11 del 11, pero la coincidencia es casi plena. Ese detalle hace especial a este día que, de no ser por eso, sería como cualquier otro para la mujer, monótono y repetido como los demás. Un domingo irrelevante y típico, de esos que pasan desapercibidos en los arrebatos de nostalgia.


Son las 15:59 y desde dos o tres horas antes una masa irrefrenable de espíritus ansiosos han circulado por el barrio, desplegando por doquier una explosión de azul y amarillo en camisetas y banderas, al compás de unos cuantos bombos e incontables voces roncas y borrachas. Desde distintos puntos de la ciudad los aficionados se fueron dando cita en el estadio La Bombonera, y muchos de ellos pasaron por delante de la puerta de Irma sin darle mayor relevancia. Tampoco ella se la dio, porque ni siquiera lo supo. Sus oídos fuera de servicio hace más de un lustro y sus ojos compenetrados en la tarea que la tiene ocupada no le ofrecieron señales de lo que en su vereda ocurría.

Tampoco sabe que ahora, a las 16:01, suena el silbato de un árbitro. Desconoce que desde las entrañas de ese estadio ubicado allí nomás los brazos de hombres, mujeres y niños salen disparados por el aire cortando el viento hacia adelante y atrás. Las manos se despliegan en el cielo porteño con movimientos fugaces y rápidos; algunas sostienen remeras que giran en círculos ininterrumpidos, otras un cigarrillo entre el índice y el anular, la mayoría se agitan desnudas, entregadas al arduo trabajo de arengar.


Mientras tanto otras manos, las de una mujer ajena al carnaval futbolero, recorren con suavidad y paciencia la lana con la que ahora teje una bufanda que regalará a su nieta Lisa, mientras el silencio que es parte de su vida la envuelve en un manto de paz.


Hasta que de pronto y sin previo aviso un grito estalla en el ambiente. Una sucesión de letras “a” escapan de la boca de Irma mientras desclava la aguja del pulgar y ve en su dedo una pequeña gota de sangre. El grito de la mujer es tapado por otro, sin que ella sepa, que reemplaza la “a” por la “o”, en un sonido que, como el de Irma, se mantiene unos segundos. Es gol de Boca, y el rugido que nace a tan solo media cuadra de esa casa provoca una epidemia de gargantas enrojecidas y abrazos entre desconocidos.


Pero todo dura un instante. Con un poco de presión ejercida con los labios la mujer logra que el pulgar retome su aspecto sano, con apenas el resabio de un minúsculo punto rojo. Todo vuelve a estar como unos minutos atrás; tal vez con un poco de dolor, pero igual. El mismo instante dura la ventaja de Boca dentro de la mole de cemento: River saca del medio y en un abrir de cerrar de ojos empata el juego. Todo vuelve a estar como unos minutos atrás; tal vez con un gol más por bando, pero igual.


Transcurridos 45 minutos finaliza el primer tiempo y los jugadores abandonan paulatinamente el campo, mientras el público grita dejando el alma y mientras Irma apoya la bufanda en la mesa para contemplar el avance. Es momento de un merecido descanso en dos vestuarios y un living.


En las tribunas los teléfonos se alzan en manada y se llenan de fotos y videos, atesorando la huella de una jornada imborrable, un hecho sin igual que trastocará la existencia de los presentes para siempre. Un momento épico que los niños, cuando sean abuelos, contarán a sus nietos con lujo de detalles. Eso contarán los abuelos a sus nietos, pero no Irma a la suya.


Tras los 15 minutos de entretiempo se reanuda el juego. La pelota rueda entonces por el césped, al compás de una aguja que enhebra un telar en la mano de una anciana. Los corazones de gente joven transitan al borde del infarto, mientras el de una señora entrada en años palpita cómodo tras dos pechos alicaídos.


¡Qué cabeza! Se pone 2-1 Boca gracias un gol con la testa y luego lo iguala River por la misma vía. El empate en 2 empareja las acciones y da la sensación de que se avecinan más emociones en La Bombonera. “¡Qué cabeza!”. Irma lanza la frase al aire y se da un golpecito en la frente al mirar la hora en el reloj de pared. Acostumbrada a cenar a las 16, se le fue por los aires el horario al concentrarse en la labor manual. Decide entonces que la bufanda puede esperar y la deja a medias, como si se tratara de una serie eliminatoria con 90 minutos aún por disputar.


Con la elegancia propia de un número 10 y la eficacia infalible de un goleador la mujer acomoda los utensilios y pone a calentar el agua para los fideos. El líquido pronto entrará en ebullición, al igual que 50.000 personas que en los últimos minutos de juego no consiguen respirar.


El árbitro da el pitido final que retumba en todo el barrio menos un hogar. La muchedumbre abandona el estadio sin echar la vista atrás, en una masa humana semejante a la de unas horas atrás. Las sensaciones son ambiguas frente al resultado abierto, y mientras bajan las pulsaciones por el espectáculo culminado empieza a brotar la adrenalina por el encuentro de vuelta. El cual será en cancha de River, en día y horario pautados. Ninguno de los allí presentes se pregunta qué pasaría si se arrojaran objetos a un micro y el segundo cotejo se concretara mucho después de lo previsto en una ciudad tan ajena como Madrid. Con la tensión del juego recién presenciado no hay tiempo para imaginar disparates.


Muchos de los hinchas que caminan de regreso a sus casas pasan efusivos por delante de una puerta. Detrás de ella una mujer revuelve spaghettis dentro de una olla, mientras mira la pared recordando que pronto había un partido en el barrio, en ese estadio que tiene tan cerca. Vio en la tele que jugarían Boca y River, pero frunce las cejas sin dilucidar si era ese día, el siguiente o si fue el anterior. “Si hubiese sido ayer u hoy me hubiera enterado”, piensa, concluyendo con astucia que entonces será al otro día.


La muchedumbre continúa su avanzada a pasos de su casa, mientras los relojes marcan las seis de la tarde. Ella no se entera de lo uno ni lo otro. Qué sorpresa le daría si se diera cuenta de que son las 18 del 11 del 11 del 18. Cuánto se emocionaría con esa cadena numérica capicúa, algo completamente increíble. Tan increíble como una final de Copa Libertadores entre Boca y River.

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