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Aplauso

Actualizado: 29 de nov de 2020


- ¡Queeee los cuuuum-plas feeeeee-liiiiiz!


El cantito de cumpleaños. Unos pocos versos que todos conocen, a lo largo y ancho del mundo. Existen algunas variaciones, si pretendemos abordar el tema con detalle. Las hay pequeñas, como decidir en el instante si completar el tercer verso con el nombre de la persona homenajeada (que los cumplas Romina, por ejemplo) o repetir el mismo que se viene cantando desde el inicio (que los cumplas feliz). Las hay más importantes, como el propio idioma (happy birthday en inglés, parabens en portugués, buon compleanno en italiano y quién sabe cómo en otras lenguas). Lo cierto es que, salvando dichas peculiaridades, es una canción universalmente conocida.


Estaríamos en lo correcto si esbozamos, asimismo, que el ritual no presenta mayores dificultades para los partícipes. Amén de soportar gritos, saliva que vuela de un lado a otro, fotos desde todos los rincones y el pegoteo de los familiares más expresivos, tal vez el mayor desafío para quien celebra sus cumpleaños radique en qué hacer durante la canción: si sumarse y cantarse a sí mismo, si mirar al piso con el riesgo de transmitir mala predisposición, si sonreír con una cara que se va volviendo paulatinamente terrorífica, si hacer alguna broma tonta que nadie escucha porque están dejando el alma en el canto. Si obviamos ese aspecto, que por vergonzante e incómodo no deja de ser mínimo, el acto de cantar el “feliz cumpleaños” y la canción en sí misma no presenta mayores dificultades.


Clarisa rompe la regla. Para ella ya desde pequeña ese momento es una pesadilla. No es por la falta de algún mínimo de afinación de propios y extraños; tampoco por la incomodidad de estar frente a todos o la vergüenza de cantar si es otro el homenajeado. ¿Celos, envidia, repulsión por las tortas? Nada de eso. Lo que Clarisa no puede hacer, ni en ese momento ni en ningún otro, es aplaudir. No le sale.


Desde bebé llamó la atención de sus padres la incapacidad de realizar un acto tan básico. La falta de destreza caracteriza a cualquier ser humano en sus primeros meses y años, pero todo bebé aplaude, ya sea por festejo o por llamar la atención, incluso sin saber que lo hace. Clarisa, en cambio, no podía. Cumplía el ritual paso a paso: alzaba sus dos manos, las colocaba de frente entre sí con las palmas abiertas y las alejaba rápidamente para enseguida juntarlas y que el impuso provocara el sonido característico. El aplauso. Sin embargo, al momento de chocarse las manos se detenían. Quedaban de frente, con el deseo insoportable de juntarse, con el anhelo desbordante de tocarse. Pero no podían romper la distancia, padecían sin remedio el espacio entre ambas y el aplauso moría antes de nacer.


Asustados, el padre y la madre de Clarisa la llevaron a todo tipo de médicos. La nena estaba sana, inmejorablemente sana. Con el detalle de que no podía aplaudir, y eso no estaba bien. Al principio los doctores no le dieron mayor importancia (“cosa de padres, que se preocupan por cualquier cosa”, se decían entre sí en los pasillos) pero ante la insistencia de los mismos intentaron algunos ejercicios. Convencidos de que en la primera sesión ya se sacarían de encima el problema, seguían estupefactos cuando seis meses más tarde no veían ningún cambio. Clarisa cumplía todos los pasos para aplaudir, excepto el último y fundamental. Las manos nunca chocaban.


Los trabajos de kinesiología, con estiramiento y movimientos de brazos, se mostraron inútiles. Probaron luego con pastillas, cumpliendo la hipótesis de las sociedades ultramodernas de que remedios y pastillas lo resuelven todo. Esta opción también fracasó.


Clarisa siguió creciendo con una salud impecable, encuadrándose en los niveles de altura, peso e indicadores médicos correspondientes a su edad. Era una chica común y corriente. Lo único que no podía hacer, en lo que no se parecía a los demás, era aplaudir. Esta particularidad no le generó grandes dificultades en su vida cotidiana, aunque no le permitía responder con la reacción apropiada a determinados momentos.


Frente al reconocimiento a algunos de sus amigos y amigas, el aplauso generalizado se imponía sobre el ambiente. Solamente una persona no se sumaba al festejo. Clarisa empezó a ser vista como portadora de envidia, como una chica celosa que no sabía valorar los logros ajenos.


Las primeras veces que la directora de la escuela los llamó por este asunto, los padres se presentaron e intentaron explicar la situación. No quedó claro si les creyeron; nada salió de esos encuentros, por lo que ellos decidieron no volver a asistir y directora y docentes no volver a llamarlos.


Clarisa también sufría las consecuencias en sus propias emociones. En el estadio le hubiera encantado acompañar el canto de la tribuna con palmas; hubiera amado aplaudir ante un gol como lo hacían sus papás a su lado en el sillón de casa. Qué decir del dolor que le provocaba no poder acompañar con palmas en la playa cuando algún niño se perdía; o la incomodidad de tener que gritar en la puerta de algún vecino y molestar a la cuadra entera, dado que en su pueblo, de pocas manzanas, no se usaba timbre sino que se llamaba con sonoras palmas.


Las circunstancias en que era pertinente aplaudir, Clarisa se sentía fuera de lugar. Y era en los cumpleaños donde quedaba más en evidencia. El día más esperado por todos, en el que familiares y amigos se rompían las palmas aplaudiendo y cantando, ella prefería esconderse en el baño para evitar las miradas de desaprobación. Había aprendido que esa era la mejor opción: resultaba más gratificante la soledad por unos instantes que ser el blanco de críticas prejuiciosas.


No obstante, la chica ya devenida adolescente mantenía viva la esperanza de algún día lograr aplaudir. Los intentos infructuosos se repetían, al principio a diario, con el tiempo de manera más distanciada. Ponía su mayor esfuerzo pero las manos nunca se acercaban. Médicos clínicos, kinesiólogos, neurólogos, psicólogos: Clarisa transitó por todas las especialidades posibles con el mismo resultado adverso.


Lejos de rendirse, la muchacha se dispuso a agotar todas las instancias. Sus padres la acompañaron, apoyados en una solvencia económica que les permitía atender el problema sin que la cuenta del banco se viera amenazada. Así fue como, un día, escucharon de un desarrollo tecnológico en Alemania. Había más de doce mil kilómetros de distancia entre San Juan, la ciudad argentina donde residía la familia, y el laboratorio que tendría la solución a una incertidumbre que se presumía insalvable. Ninguno de los tres lo dudó, y cuando se preguntaron si valía la pena ya se encontraban en el avión.


En los primeros días en Berlín recorrieron la ciudad. Nunca habían abandonado Argentina, por lo que quedaron maravillados con cada cosa que veían a su alrededor. Se la pasaban aplaudiendo… excepto Clarisa. Al cuarto día tenían cita con el equipo científico con el que se habían contactado. Al llegar al laboratorio, fueron directamente al área donde se estaba trabajando el prototipo del invento. Apenas verlo quedaron con la boca abierta. Cuando lo probaron, a su vez, se les heló la sangre.


Era un pequeño mecanismo que se colocaba en ambos brazos y sucedía la magia. Una de las científicas les explicó que la pieza robótica generaba una reacción química cuya consecuencia era una fuerza externa que impulsaba las manos de la joven para conseguir que chocaran entre sí. No entendieron mucho, ni prestaron demasiada atención. Solamente les importaba lo que sus ojos veían y sus oídos escuchaban: los aplausos de Clarisa.


Les aclararon que aún estaba en modo beta o prototipo, y que faltaban algunos ajustes para que fuera útil. “No hay problema”, respondieron. Les informaron también que sería realmente costoso, ya que se trataba de un invento de vanguardia y que por ahora tendría un solo ejemplar. “No hay problema”, repitieron. Realmente no lo había. Es más, ese invento era el que resolvía el único problema que hasta el momento existía.


Al dejar el laboratorio decidieron celebrar. Al otro día deberían volver a Argentina, donde esperarían la llegada del producto en el momento en que estuviera listo. Se pasarían toda esa jornada disfrutando y recorriendo la ciudad. Clarisa estaba feliz, como pocas veces antes. Estaba desbordada de emoción. Tan contenta estaba que comenzó a aplaudir con todas sus fuerzas y no paró en toda la tarde.

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