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A la sombra del algarrobo




Su sombra sabe más de aquel lugar que cualquier otra cosa. Quizás, tal vez, solamente el cielo, el suelo y el viento le ganen en sabiduría. El resto de lo que habita la Tierra, tenga forma humana, animal, vegetal o material le corre de atrás. Su sombra conoce más que cualquiera allí, y él, portador y dueño de ella, también.


Es el viejo algarrobo blanco de Aguaray, en la provincia argentina de Salta. Más experimentado que viejo, sugeriría posiblemente si tuviera boca con la que hablar. No le hace falta. Él habla con su postura, sus largos metros de madera elevados al cielo, sus alargadas y firmes ramas esparcidas por el aire salteño, sus relucientes y florecidas hojas verdes. Y habla, sobre todo, con la sombra que estas hojas generan. Prominente, estable y sólida. Aquella sombra de aquel algarrobo es una presencia ilustre del norte argentino.


Más de 500 calendarios han sido colgados y descolgados de las paredes de las casas mientras el algarrobo estaba de pie en el mismo lugar. Mientras está de pie, mejor dicho. Más de 5 siglos el gigante de madera lleva registrando, y protegiendo antes que nada, aquel terreno.


Al principio era él junto a muchos a otros. Una enorme comunidad algarrobal esparciendo verde y marrón en el norte del sur de América. No había humanos en ese entonces. La historia caminó sus pasos y hoy la situación es la opuesta: no hay algarrobos.


Sus compañeros han ido partiendo de a uno, o a veces en grupo. Si era por ellos se hubieran quedado en su sitio, tan cómodos que estaban, tan firmes que crecían. Nunca llegaron a ver su destino; ¿o quizás sí lo hicieron? ¿Quién sabe si aquel ejemplar más añejo, con su sabiduría de viejo tronco, le envió un mensaje al otro más joven, de algunos siglos menos, anunciándole el devenir inmediato que se cerniría sobre ellos?


Nadie sabe ni lo sabrá, porque antes siquiera de formularse la pregunta la ruidosa topadora, o tal vez fuera una motosierra, ya había concretado su labor. Tal vez, quizás, quién sabe… este mismo texto se está gestando sobre un ordenador apoyado en una mesa cuya madera constituía la columna vertebral de aquel viejo y sabio árbol que pudo haber avisado al más joven el destino que sobre ambos se cerñiría.


El algarrobo blanco resiste. Las gotas que resbalan por su espalda en estas tardes lluviosas de Salta tal vez no sean resabios de la tormenta; tal vez sean el lamento de estar abrazando la soledad. Muy pocos eran los ejemplares que quedaban a su alrededor hace un par de meses. Ninguno lo acompaña ahora.


Él, no sabe por qué, sigue en pie. Y no todo es melancolía ni nostalgia de un tiempo pasado que fue mejor. Porque, a fin de cuentas, es verdad que no está solo; su sombra sigue con él. Y mientras ella lo haga, bendición de la vida, regalo del tiempo, también lo harán quienes se refugien en su inmaterial existencia. En viejas épocas eran muchas más las personas que circulaban por esas tierras hoy olvidadas, pero asimismo eran más las sombras a elegir entre todos los algarrobos. Hoy, en cambio, solamente él puede ofrecer ese privilegio.


Los niños y las niñas de Aguaray deben recurrir a él si quieren contarse secretos

que sólo el viento, él y su sombra conocerán. Los adultos no tienen más opción que este algarrobo si necesitan dar descanso a su piel del agobiante calor norteño, que cerca del mediodía se vuelve especialmente incisivo. Vaya si lo sabrá este perenne árbol, que generoso regala su sombra a quien la necesite sin hacer el menor ruido. Ese silencio es el mismo que guarda con absoluto respeto ante las siestas, a veces breves, otras eternas, de cuanto hombre o mujer pase por allí.


La sombra y él son parte de la comunidad, y por suerte aquellos pobladores alzan sus voces en su defensa, lo abrazan, arman carteles que, cree, tienen su nombre inscrito en él. “Prosopis alba” escriben los más eruditos en temas botánicos; algarrobo los demás. Algarrobito incluso lo llaman los gurises que no entienden nada de negocios pero demasiado de la vida.


Tiene suerte de contar con ellos y si tuviera oídos los escucharía con enorme placer. No como los poderosos, los que mandan, que se tapan los suyos para no oírlos, que corren la vista para no mirarlos. Los vecinos ahí están, esperanzados e incansables. El algarrobo y su sombra allí permanecen, inquebrantables. Pero nadie los mira. A nadie le importa. Así se fueron yendo sus compañeros dejándolo solo en esa noble tierra.


Pese a todo, es afortunado. Bajo su sombra todavía se forman parejas y se dan primeros besos. Con el respaldo de su tronco y la cobija de sus raíces todas las tardes nacen siestas que terminan solo cuando es de noche. También recibe abrazos de los más pequeños; permite las trepadas de los más valientes. Incluso aún hoy es resguardo para algunos desprevenidos alcanzados por la lluvia. Bajo sus hojas y dentro de su sombra, el algarrobo todavía ve pasar la vida. O, si queremos ser justos, bajo sus hojas y dentro de su sombra es el punto exacto donde está la vida.


Como esta tarde de enero bañada por el calor agobiante de verano. Allí está el

algarrobo, silencioso y quieto para no molestar a un hombre que cayó rendido tras una ardua jornada de trabajo. El muchacho duerme la siesta y el viejo árbol le cuida la espalda sin reproches ni lamentos. No saben, ninguno de los dos, que detrás avanza una topadora dispuesta a borrar el último resabio de flora en ese suelo salteño. Desconocen que aquella tierra quedará desnuda y que otro árbol dirá adiós a sus raíces y se convertirá en mueble, canoa o escritorio.


Ninguno de los dos lo sospecha. Y, sinceramente, mejor. Que no lo sepan y que

esa siesta, a la sombra del algarrobo, se vuelva eternidad.

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