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Ídola



No lo puede creer. Finalmente llegó el día que esperó toda su vida, el cual estaba

convencida de que nunca existiría. Soñó tantas veces con este devenir del destino que se pellizca cada cierto tiempo para asegurarse de que no se encuentra en el mundo onírico.


Parada en el hall de ese hotel de lujo, con las piernas chuecas y endebles, mira para todos los costados con un nivel de alerta que, sin saberlo, está segura de que debe ser el mismo que tiene un soldado en plena batalla. Intenta pestañear lo menos posible y se esfuerza de más en que cualquier conversación que comienza dure lo mismo que un suspiro.


Su madre y su hermano intentan sacarle charla, como una mera forma de superar el aburrimiento y sobrellevar la espera, pero ella no les lleva el apunte. Habla en monosílabos, apenas respondiendo lo justo y necesario. No quiere dar pie a distracciones.


El nivel de exposición que tiene la artista y el consecuente mecanismo de seguridad que se reproduce cada vez que sale al mundo exterior harían casi imposible que pasara de largo y se perdiera la oportunidad de su vida. Casi imposible, no obstante, no es lo mismo que imposible. Por eso es imprescindible mantener el estado de alerta.


La artista es Melanie Herrera. Su ídola. Todo lo que ella aspira a ser, aún sabiendo que es inalcanzable. Desde pequeña escucha sus canciones hasta el hartazgo. Todo comenzó, según recuerdan en cada Navidad con los mismos tíos y primos de siempre, con su madre tarareando algunos de los éxitos de Melanie mientras arropaba a su hija. Quizás allí estuviera el germen de su enamoramiento, tan imposible de comprobar como de refutar.


A los pocos años su madre ya se había cansado de recitar aquellas estrofas, o tal vez fue la pequeña quien se había cansado de escucharla de boca de ella. Sin embargo, las canciones de Melanie siguieron presentes acompañándola a través de CDs. Hoy, en estos tiempos de centennials – todavía no tiene claro si ella lo es, o si en realidad es una millennial – todo sale desde el parlante del celular.


Siguen en el hall del hotel. Ella, su madre y su hermano. Los tres ahora sentados en un sillón alargado que dejó libre una pareja de extranjeros. No hay mucho movimiento en el lugar, al menos en comparación con otro día cualquiera. Melanie Herrera, una de las artistas locales más exitosas del momento, se encuentra en una de sus habitaciones y, como si no fuera un hecho increíble, casi nadie pareciera estar al tanto.


Ella sí que lo está, claro. Le parece más que un hecho increíble: es algo soñado. Mira hacia el techo de aquel edificio de lujo y, sin darse cuenta, se pierde entre imágenes de su vida. Aquellas duchas cantando a viva voz los ritmos de Melanie mientras imaginabaq ue era la propia artista; los viajes en auto durante las vacaciones con sus melodías llenando el vehículo; su primer camiseta con la cara estampada de su ídola que al principio apenas si se sacaba para dormir.


Durante sus 22 años previos había fantaseado con una situación así y no puede

creer que se esté por dar de manera más idílica de la que pensó. Si existiera alguna mínima posibilidad de cruzarse con Melanie, pensaba en sus días más optimistas, sería junto a miles de fans, a los empujones. Quizás, con suerte, apenas podría tocar la mano o el brazo de la cantante, quien seguramente ni registraría su presencia entre tantas otras personas igual de insignificantes.


Y vaya que el destino le regaló otros planes. Ahora está allí, en un sillón de un hotel de lujo, esperando ella sola, o con su familia, a su ídola. Gracias a que su mamá trabaja en ese hotel ella se enteró de que Melanie estaba hospedada allí. Y gracias a que su mamá trabaja en ese hotel, y no las mamás de otras como ella, hoy tiene la chance de encontrarla cara a cara y manifestarle todo su amor.


Está enamorada, sin dudas. De pequeña todo su cuarto lucía empapelado de afiches de su gran ídola. En su PC, por supuesto, el fondo de escritorio era alguna foto pixelada de ella – nunca supo cómo agrandarlas y que se vieran bien. Ahora, siendo el celular el pequeño receptáculo donde ocurre casi toda la vida, Melanie Herrera va con ella a todas partes desde Spotify, YouTube e Instagram.


Ah sí, Instagram. Qué mejor manera de demostrar el amor que ofreciendo el corazón. O corazones, en este caso. Todas y cada una de las fotos que sube su ídola reciben su merecido like en forma de este músculo rojo. Se descubre de pronto revisando su teléfono y recorriendo el perfil de la cantante, como una forma de encontrarse con ella minutos antes de encontrarse realmente con ella.


El teléfono tiembla un poco porque también lo hace su mano. Está nerviosa, y cómo no. En pocos instantes estará frente a frente con la persona a la que más admira. Admira su voz dulce y delicada, su sonrisa sincera, su alegría contagiosa, su espíritu optimista, su encanto mágico. Está nerviosa, claro que sí.


Trata de tranquilizarse y convencerse de que será tan solo un instante: la interceptará cuando salga del ascensor con dirección a la calle. Serán solo unos segundos, en los cuales la abrazará, le manifestará su amor, la mirará encandilada, le pedirá un autógrafo en la imagen que imprimió anoche antes de acostarse a no dormir. Si todo sale bien, y no hay dudas de que así será, también le pedirá a su madre que capture ese momento. Que lo haga en una foto, porque en su memoria ya estará capturado para siempre.


“Ahí viene”. Se da vuelta y confirma que la voz procede de un hombre vestido de

traje, con lentes negros y un auricular en el oído derecho. Los ojos de ella se iluminan de esperanza. ¿Será Melanie? ¡Suena el timbre del ascensor! Se abre la puerta y… ¡es ella!


La chica pega un salto del sillón y va corriendo hacia su ídola, arrastrando a su madre de un brazo. El hermano se queda en el asiento, considerando absurda su

presencia en el lugar. La chica está a solo pasos de la artista. Finalmente se va a hacer realidad el encuentro que soñó durante 22 años.


“Ahora no, niña”. La voz cortante de Melanie Herrera es acompañado por el brazo de alguien que la empuja hacia atrás. Es otro hombre vestido de traje, también con lentes negros y un auricular. La chica se queda pasmada y observa estupefacta cómo la cantante abandona el lugar a toda prisa.


Luego de unos segundos de congelamiento, se desinfla y vuelve cabizbaja al sillón. Su hermano la abraza, comprendiendo ahora su utilidad en aquella situación. La madre, que estaba hablando con quien según le había dicho era su jefe, regresa y se sienta con ellos.


Le explica que la artista se encuentra en una situación delicada, con un familiar muy cercano afectado por un problema de salud. Le pide que comprenda su reacción, que las personas que admiramos también tienen sus problemas como cualquier humano.


Ella no la escucha. Y tampoco le importa ya el desinterés de Melanie y la oportunidad perdida de saludarla. O que la hubiera llamado “niña”, como si no hubiera superado ya hace dos años la barrera de los 20. No, eso no fue lo que soñó, pero tampoco le parece lo más grave.


Lo que no puede creer es otra cosa. Ese pelo descuidado y desprolijo. Esas ojeras y el color de sus ojos que denostaban sueño o tristeza, o quizás las dos. Ese paso inseguro y algo torcido. ¿Cómo es posible si en sus redes siempre se ve espléndida, reluciente, fulgurante? ¿Cómo es posible si en sus videos camina como una diosa, baila como una artista, vuela como un hada? ¿Cómo es posible que su rostro expulsara aflicción y pena si en el afiche de su cuarto, si en los fondos de pantalla de su PC y su celular, si en las tapas de sus carpetas escolares siempre estaba sonriendo?


Al final, se queda pensando sin saber que lo está diciendo en voz alta, Melanie Herrera es una persona como cualquiera. Mientras abandonan a paso lento el hotel, encuentra en Instagram a Leslie Nieves. Es cantante, tiene millones de seguidores, su perfil destila una vida perfecta. Le da follow, guarda el celular en el bolsillo y cruza la puerta con una sonrisa: encontró a su nueva ídola.

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